Es increíble notar que han pasado 20 años desde el triunfal regreso de Los Prisioneros, el año 2001, ya que, cuando se anunció esta inesperada reunión, habían transcurrido 10 años desde la disolución del mítico grupo, apenas la mitad de lo que contamos ahora desde ese hito. Sin embargo, en aquel momento, se sentía como una eternidad.

La sorpresa fue mayúscula cuando se anunció el evento. Los noticiarios no tardaron en hacer eco de la bomba. El diario La Tercera dedicó un reportaje al cómo se gestó la reunión, en dónde estaban ensayando y cuál era el círculo de hierro que permitió que nada de esto se filtrara anticipadamente, algo impensado hoy en día, en donde cualquier pista se esparce como virus por las rrss. Ese círculo partía con el histórico manager Carlos Fonseca, quien arrendó una céntrica casa que sirvió de sala de ensayo y centro de operaciones. Algunas personas los vieron salir a comprar, en una buena onda impensada por esos días, y de a poco algo de ruido se hizo, hasta el gran anuncio, el que impactó a todos: el regreso de Los Prisioneros. Histórico.

Para algunos, lanzarse al principal estadio del país era descabellado. Sin embargo, como un golpe en la cara que sorprendió a todos, desde el más fanático hasta el más escéptico, las entradas se vendieron con tanta rapidez que no hubo dudas: se debía agendar un segundo show en el mismo recinto. El tema es que, por topes y compromisos, esta segunda fecha tuvo que agendarse un día antes que el primero, quedando para el 30 de noviembre. Los que teníamos entrada para el 1 de diciembre quedamos algo perplejos, ya que compramos para ver el regreso triunfal y ahora técnicamente nos quedaríamos con el segundo show. Al final, nada de eso importó. La sensación y el éxtasis por volver a ver a estas leyendas vivientes era total y nada lo empañaría. La expectación era a todo nivel, y los noticiarios cubrieron en vivo el inicio del primer acto, así que de inmediato nos enteramos de cómo era ese comienzo. Y fue calcado al día siguiente, pero no importaba, la emoción por verlos en vivo se mantenía a tope.

Llegó el 1 de diciembre, y el ingreso, a pesar de ser multitudinario, fue tranquilo. Adentro del estadio se podía ver de todo. Con mis 18 años a cuestas, había conocido a la banda en la época final de “Corazones”, con el éxito y posterior separación vividos casi como un sólo momento, pero en la cancha del mítico Nacional habían otros más jóvenes también. Había contemporáneos a los músicos y otros mayores, así como familias enteras (coches incluídos) esperando con ansias un momento único. Porque así era. Jorge González podía seguir sacando discos solista, quizás podría haberse juntado de nuevo con Miguel Tapia y unos prisioneros renovados, tal como en su última etapa, pero una reunión de miembros originales junto a Claudio Narea, era algo que nadie esperaba.

Las ansias aumentaban a medida que bajaba el sol. Cada avance de las sombras y el comienzo del encendido de luces nos acercaban hacia el impensado y único momento: la vuelta en vivo de la banda insigne del rock chileno de los ochenta, aquella que reunía el sonido clásico de la época, robado de los “rockers de verdad” como pregonaban en la icónica “We are sudamerican rockers”, pero con una impronta de que no importaba nada superfluo, y con ataques directos a las clases acomodadas, a los patriotismos tóxicos y a la dictadura.

Al apagarse las luces, clásico signo del pronto comienzo del show, los gritos explotan, los cánticos aparecen y las manifestaciones apasionadas se suceden. Y el comienzo con “La voz de los ‘80” sólo puede contribuir al éxtasis. Comenzar con un clásico gigante provoca, empuja, y el público se despega, la marea humana salta y empieza a desahogar el grito reprimido por tantos años. “Brigada de negro” fue el segundo tema, y después de eso el saludo de Jorge González: “Buenas noches, doce años después volvemos a tocar juntos…” y en estricto rigor ya habían vuelto la noche anterior, pero la idea es siempre hacer sentir especial al respetable.

La noche transcurre éxito tras éxito, con algunas joyas menos conocidas en medio, como “¿Por qué los ricos?” o “Mal de parkinson”, incluyendo un recorrido por todas sus épocas. Y ahí un punto notable: Claudio Narea no fue parte de “Corazones”, por lo que era muy interesante ver su desempeño en esos temas, que sí o sí tenían que estar. A pesar de los cambios y dudas, aquel disco fue un éxito, y dejó clásicos imborrables, como “Tren al sur” y “Estrechez de corazón”. Claudio se colgó una guitarra electroacústica y puso sus cuerdas a disposición de la base electrónica de sus compañeros.

Así, en medio hubo espacio para las máquinas, en donde Miguel cambió su set por una batería electrónica, mientras Claudio y Jorge dejaban de lado las cuerdas para dar paso a teclados y sintetizadores en el clásico “Muevan las industrias”, con esos sonidos tan de moda por allá por los ochenta.

Hubo una frase notable de parte de Jorge González, en donde dice que debido a tanto tiempo sin ensayar las canciones, se han mandado hartas pifias, pero que no importa, pues para la grabación del concierto se editarán. El público reacciona a todo, y aplaude ya que los errores no son nada del otro mundo, y mal que mal, Los Prisioneros siempre tuvieron fama de ser músicos básicos, las canciones no son complejas, y justo ahí radica uno de sus fuertes: crear canciones simples con melodías memorables y letras que marcaron a toda una generación. Miento. Viviendo esta jornada multitudinaria, histórica y gloriosa, me doy cuenta de la manera más palpable, que Los Prisioneros marcaron a varias generaciones. Y hoy, a 20 años de aquella memorable noche, vemos como aún lo siguen haciendo.

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