Entre síndrome de abstinencia y quiebres amistosos, la banda británica creó uno de sus álbumes más sinceros en su paso por India en 1968. Tras años siendo las estrellas de la década y un “Sgt. Pepper” exitoso, dan pie a lo que sería una de sus últimas exploraciones musicales como grupo o más bien una de las últimas en que lograron coordinarse para seguir funcionando a duras penas con diferencias ideológicas, conflictos de egos, depresión, vidas de pareja, la paternidad y otras tantas tensiones entre las cuatro paredes de EMI Studios.

De la introspección en Rishikesh a la soledad en el estudio

 

En lanzamientos previos al “Álbum Blanco”, la dinámica del cuarteto se basaba en el intercambio de ideas, la fusión de estas y arduas horas de ensayo; en este caso los momentos de composición de cada uno fue individual mientras meditaban y de vez en cuando se reunían clandestinamente en medio de este viaje espiritual para hablar de sus creaciones. Pero la verdad es que de vuelta en Londres la relación de compañeros ya estaba quebrada.

Muchas de las jornadas de grabación y canciones completas como “Martha my dear” eran interpretadas por quién la compuso, en este caso Paul McCartney acompañado de músicos de sesión.

 

The Beatles como Alma máter de la música actual

 

Pese a que las cosas  ya no eran como antes ni tenían reparación el “Álbum Blanco” marca muy bien los caminos que cada miembro de la banda había elegido musicalmente y el curso que tomaban sus vidas.

Mientras George Harrison adoptó buena parte de la cultura de India y la incorpora en su música a través del sitar, Lennon dejaba a su “yo” sumido en la depresión que escuchamos en el “Rubber Soul” y nos muestra su faceta de activista social.

Ringo Starr seguía más o menos la misma línea que Harrison en términos creativos, ambos se vieron medianamente desplazados en sus creaciones y en este periodo cumplen más bien una función de soporte para el dúo de oro. Paul McCartney por su parte desvela su lado más ambicioso, tenía pensado un horizonte mucho más grande para la banda y ésta no cumplía con sus expectativas.

Pero no todo es oscuridad en los últimos años de The Beatles, estamos ante un compilado de contrastes en sus atmósferas. Hay momentos sobrecogedores como “Julia” dedicada a la difunta madre de Lennon, tal como los hay otros que incitan al baile a través de los primeros guiños al reggae que hay en Europa en Ob La Di Ob La Da”.

Lo cierto es que exploraciones rítmicas como “Wild Honey Pie” y “The Continuing Story Of Bungalow Bill” abren paso a la fusión de géneros musicales en sus contemporáneos a la vez que la simpleza de “Blackbird” y “Mother Nature’s son” contribuyen a la creación de atmósferas que caracteriza a la banda.

 

 

Este doble lanzamiento está repleto de ideas que aunque no guarden mayor relación entre sí invita a revisitarlo de vez en cuando y empaparse de riffs, armonías vocales, las baterías precisas de Ringo, el misticismo de George, el potente mensaje de John y el virtuosismo de Paul.

Es aún más interesante escucharlo ahora que muy pocas corrientes musicales pueden decir que no tienen influencia del cuarteto británico que se atrevió a lo imposible en su época y que 52 años más tarde sería parte de la banda sonora de nuestras vidas.

 

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